sábado, 17 de diciembre de 2011

Después de violarlas, les disparó en el corazón


Un hombre asalta a los 22 pasajeros de un camión. Ninguno de los cinco denunciantes iniciales por aquel robo, alertó que el delincuente los bajó en determinado punto para quedarse con tres mujeres.

Las jóvenes fueron violadas y posteriormente les disparó en el corazón; una de ellas murió esa noche.

Sin ningún tipo de pista ni un retrato hablado, las autoridades ministeriales del estado de México iniciaron la investigación de un caso cuya resolución parecía imposible.

Una denuncia posterior permitió detener al responsable. “Ese día comprendí que el ‘éxito’ de nosotros está sujeto a que la gente crea en las instituciones”, reconoce el procurador del Edomex Alfredo Castillo Cervantes quien narra las historia de esta detención en una entrega de su columna “Justicia Posible”.

"Les disparó en el corazón después de violarlas"

Una mañana como cualquier otra llegué a la oficina. Había más gente de lo habitual. Le pregunté a mi particular qué había pasado. Me dijo que un tipo se había subido a un camión, había asaltado a 22 pasajeros, se había llevado a tres mujeres, a cada una la había violado, y a cada una, al terminar la violación le había disparado al corazón para matarla. Después de eso, le pidió al chofer que lo bajara en un punto indeterminado y se marchó.

Las personas que teníamos ahí eran los familiares de una de las mujeres –casi niñas- que había fallecido. Los otros ahí presentes eran familiares de la segunda víctima, la cual se encontraba en terapia intensiva; la otra persona había sobrevivido al forcejear con el agresor,  por lo que la bala penetró en el hombro y no en el corazón. La dos se habían hecho pasar por fallecidas.

Los familiares estaban ahí para solicitar, exigir, que el chofer se quedara detenido. Decían que necesariamente él tenía responsabilidad y que por ningún motivo estaban dispuestos a que lo dejáramos en libertad.

De los 22 afectados por el asalto, cinco de ellos había ido a levantar el acta, pero sólo por el robo de sus pertenencias. Me llamó la atención que una persona que ahí estaba, reclamaba airadamente algo al Ministerio Público.
Le pregunté a mi particular quién era esa persona. Mi particular me señaló que esa persona era familiar de la chica que había fallecido, que era abogada, y le reclamaba al Ministerio Público que en las cinco denuncias levantadas por los robos de pertenencias, en ninguna se había elaborado un retrato hablado del asaltante.

Los familiares exigían hablar conmigo. Les pedí unos minutos. Solicité las actas, subí a la oficina a leerlas con mi equipo más cercano. Efectivamente no había retratados hablados, pero había algo más grave: en ninguna denuncia se había hecho hincapié que el asaltante había bajado a los pasajeros en determinado punto y que, al ir bajando uno por uno, le dijo a tres mujeres jóvenes que ellas no se podían bajar del camión. Y después de eso, se marchó con ellas.

Las actas levantadas, por tanto, no tenían mayor utilidad. En ellas únicamente los denunciantes habían querido dejar constancia del robo de sus pertenencias, llámese identificaciones o celulares, por si se llegaba a hacer un mal uso de ellas, pero ninguno de ellos esperaba que se atrapara al agresor, o que alguien les pudiera restituir los objetos robados, como sería su morralla, algún reloj o cadena. Por ello, ni siquiera había facturas o el compromiso de aportarlas en el futuro para cuantificar el daño patrimonial.

El caso aún no comenzaba y ya teníamos varios problemas. ¿Dónde se había subido el asaltante y homicida? ¿Dónde se había bajado? ¿Cómo era físicamente? ¿Tenía cómplices? ¿Qué tanta relación podía tener el chofer? ¿En qué otros robos habría participado con el mismo modus operandi? ¿Cómo podríamos lograr que los pasajeros regresaran a declarar y aportar datos que no existían en ninguna acta que se había levantado horas antes?
El chofer podría responder varios de esos puntos, pero cómo podríamos saber que no nos mentía, si al final, era sólo su palabra. Las dos sobrevivientes también podían aportar datos importantes, pero una de ellas se debatía entre la vida y la muerte, y eso hacía que no pudiéramos declararla hasta en tanto no se recuperara. La otra persona, si bien había sobrevivido, también estaba hospitalizada.

Yo tenía 48 horas para determinar la situación jurídica del chofer, y no tenía ni un solo dato que me permitiera consignarlo o arraigarlo. Sabía que si lo dejaba libre, generaría la desconfianza de siempre. Había que operar rápido y sobre todo, generar confianza a las familias. El voto de confianza de ellos hacia la procuraduría era fundamental.

Pedí que pasaran los familiares. La abogada muy molesta me reclamó el cómo había sido posible que no se hubieran elaborado los retratos hablados. Me decía que el chofer tenía que ver porque nunca defendió a las mujeres, y que cuando le disparó a su familiar todavía había seguido manejando hasta su base, en lugar de buscar ayuda de manera inmediata, y que esos minutos le costaron la vida a su familiar. Ellos habían hecho ya una especie de reconstrucción de los hechos y determinaron que el chofer había manejado quince minutos adicionales al lugar en donde se bajó el asaltante y homicida.

El Ministerio Público, como en la mayoría de los casos que suceden en la madrugada, se había limitado a levantar el acta en lugar de iniciar la investigación. Por el otro lado, ninguna de las cinco personas que habían ido al Ministerio Público a levantar su acta citó o externó su preocupación por las mujeres que habían sido privadas de su libertad. Todo se había reducido a dejar constancia de la pérdida de sus documentos o demás valores. Estas deficiencias, de entrada, hacían más difícil la investigación.
Conformé un grupo de trabajo permanente para este caso. Iniciamos con el chofer. Contra lo que pudiera pensarse, el chofer narró absolutamente todo, aunque desconocíamos qué tanto de su versión sería verdad.

Él no recordaba dónde se había subido el asaltante, sin embargo sí pudo proporcionar su media filiación, su vestimenta, el tipo de arma utilizada, pero sobre todo, narró o dio su versión de lo que pasó después de que el asaltante bajó a todos del camión. El chofer señaló que el agresor le había pedido manejar con las luces apagadas, en determinado punto le pidió detenerse, violó a cada una de ellas y después de cada violación les disparó; y posteriormente, en un puente a la altura de un municipio en específico, le pidió al chofer detenerse para que él se bajara y cruzara el mismo.

El chofer contó que el asaltante le dijo que si se detenía, lo mataría; que tenía gente observándolo, y que no se podía detener hasta llegar al siguiente municipio. Por tanto, optó por manejar hasta su base, sin embargo, narró que minutos antes de llegar, escuchó un ruido, era una de las mujeres que pedía ayuda. Señaló haberse detenido y al acercarse a ella, la mujer le pidió comunicarse a su casa, que se hizo la llamada, y ahí se acordó que sus familiares pasaran por ella a la base a donde se dirigía el chofer del camión.

Los familiares de la víctima coincidían con la versión del chofer en cuanto a la llamada y el haber acordado verse en ese punto. Parecía que él  no mentía, y que su versión de que no se detuvo por miedo y por pensar que las tres estaban muertas, podía ser irresponsable, pero no descabellada.
Después del interrogatorio, nos reunimos para ver qué determinación haríamos en relación a la libertad del chofer. Parecía una narración lógica, en donde no se advertían inconsistencias. Más aún, ni siquiera se había dado a la fuga. Decidimos entrevistar, aunque fuera informalmente, a una de las sobrevivientes para que nos validara el dicho del chofer. La historia coincidió.

Sin elementos para consignar, no teníamos otra que dejarlo en libertad bajo las reservas de ley. No encontraba las palabras para decirle esto a los familiares. Aunque el chofer quedaría libre, opté por asegurar el camión con el pretexto de hacer periciales. De esta forma, podría tenerlo a la vista ante cualquier circunstancia.

Pasaron los días y la noticia empezó a difundirse. Ante los medios de comunicación solicitamos que la gente que hubiera ido en ese camión fuera a declarar porque necesitábamos información. Contra todos los pronósticos, empezaron a ir algunos de ellos a declarar. A cada uno se le recababa su versión, pero sobre todo se le pedía nos diera su número celular. Cuando nos decían que lo habían dado de baja ante el robo, les decíamos que no importaba, que teníamos que validar que no hubiera sido utilizado minutos después del robo.

Cuál sería nuestra sorpresa cuando de uno de los teléfonos robados se detectó una llamada, sólo minutos después de los hechos. Era claro que el receptor de la llamada conocía al asaltante. El siguiente paso era detectar a esta persona. Sin embargo el teléfono no había sido vuelto a usar.
Después de eso, se hizo la solicitud correspondiente y se detectó que la persona que había recibido la llamada, había hecho varias a su vez al municipio en donde supuestamente se había bajado el asaltante.
Ese dato nos hizo pensar que podíamos acercarnos al responsable. De esta forma, mandamos gente a todos y cada uno de los domicilios que surgían en la red de vínculos para hacer vigilancias permanentes y detectar quién vivía en cada domicilio.

A la par, una de las mujeres atacadas evolucionó satisfactoriamente y fue dada de alta. Ya en su casa, la visitamos y muy sutilmente le pedimos nos narrara los hechos a efecto de cotejar las versiones del chofer y de la otra sobreviviente. Las tres coincidían.
Un día después la policía municipal hizo una detención de un asaltante de camiones, el cual era muy parecido físicamente al retrato hablado que se había elaborado. Cuando nos avisaron, todos pedimos internamente que por fin hubiera caído el asesino.

Ahora, lo difícil era pedirle a una de las sobrevivientes que lo reconociera en la cámara de Gessell*. Era lógico que la sobreviviente no quisiera presentarse al reconocimiento. Después de muchos intentos por persuadirla, y alertándola de que su testimonio podía ayudar a que no volviera a actuar el sujeto, accedió a ir al Ministerio Público.

Estando todos presentes, el fiscal de Transporte colocó al probable responsable en la cámara de Gessell. Todos guardamos silencio. Todos la vimos a los ojos para observar su reacción. Aunque no cumplíamos los requisitos estrictos de la confrontación, después de algunos segundos dijo, se parece pero no es. Uno de los ministeriales nos decía: “Jefe, véalo, es igualito, sí es, está nerviosa.” No. No era, y no íbamos a fabricar un culpable. Ni siquiera el reconocimiento que ella hiciera me dejaría satisfecho si no tenía otros medios de convicción. El verdadero responsable seguía en la calle.

Con el desánimo de pensar que estábamos ante una tarea casi imposible, y con la tristeza de dar pocos o nulos avances en las citas con los familiares, comencé a pensar que a este tipo sólo lo podríamos detener en flagrancia.
Sin embargo, días después llegó el dato que todos estábamos esperando: de uno de los domicilios que estaba en vigilancia, se aproximó una persona con un estuche de guitarra. Inmediatamente los comandantes hicieron su trabajo. Se le pidió abrir el estuche, adentro estaba la escopeta. Con la flagrancia de la portación de arma, fue detenido. Entre sus pertenencias llevaba varios objetos que había robado en aquella ocasión.

Ahora sí, no había duda, teníamos al responsable. Al interrogarlo se le preguntó quién le había llamado el día del asalto al camión minutos después de haberse bajado. Su respuesta nos dejó helados: le había llamado el chofer desde uno de los teléfonos robados para decirle que todo había salido bien. El asaltante lo había regañado por haberle marcado y le había ordenado tirar el teléfono a la calle.

Ese día comprendí que el “éxito” de nosotros está sujeto a que la gente crea en las instituciones. Si el dueño del teléfono no hubiera ido a denunciar, jamás hubiéramos resuelto el caso. De igual forma, si alguno de los que fueron bajados del camión en aquella ocasión hubiera alertado de manera inmediata a la policía, esta historia tampoco existiría. Un ejemplo más de que sólo podremos vencer a la delincuencia con el apoyo de Ustedes. Hasta la próxima columna.

* Habitación acondicionada para permitir la observación y preservar el anonimato de la víctima.

(Con información de El Universal Estado de México)

Alfredo Castillo Cervantes es procurador de justicia del estado de México.
Tiene la licenciatura en Derecho por la UAM, Ciencias Políticas por la Universidad Iberoamericana y Economía, por la EBC; también es apasionado de los deportes. 
La PGJEM cuenta con un correo electrónico como un medio para denunciar hechos, incluso, en forma anónima. La dirección electrónica es: cerotolerancia@edomex.gob.mx

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